El miedo es parte trascendental del que ejerce poder por fuerza y no por la razón. Las democracias del mundo jamás podrán ser regidas por la fuerza, porque dejan de serlo desde el mismo minuto en que la orden de lanzar los aparatos represivos a la calle es efectuada. 

En Chile la represión aparte de ser de orden visual está siendo ejercida por medio de escalonamientos en abusos a los derechos de la ciudadanía y por medio de desapariciones y torturas en cuarteles policiales. No es una conjetura de carácter especulativo, sino que lamentablemente estamos frente a un gobierno que se resguarda tras una constitución que le da la legislación correspondiente para maltratar al pueblo. Una constitución que no cumple otro papel que resguardar los intereses de los pocos contra la demanda de los muchos.  

La ley, sobre la cual esta constitución se impera, deja de tener validez cuando el pueblo destituye esta constitución por ser de carácter fraudulenta. Ya que fue modificada a punta de balas en el gobierno militar, previniendo así sus propias futuras derrotas.  

Estamos entonces frente una constitución que da rienda suelta al poder judicial para encarar las demandas de sus ciudadanos y no para resguardar ni velar por sus derechos más elementales. Una democracia que se esconde detrás de una búsqueda de orden y define que la propiedad privada entrega a Carabineros de Chile todo tipo de recursos para contrarrestar el vandalismo. La institución no está fuera de dudas cuando vecinos y civiles confirma la participación de fuerzas policiales en desmantelamiento de supermercados. No quedan por lo tanto libres de sospechas en la elaboración de eventos que cumplen con la labor de estabilización social. Buscando así las perfectas coartadas para saltarse todos los protocolos de derechos en una sociedad democrática.  

El poder legislativo permanece aún en manos de los que ejercen esta represión sin precedentes en las democracias del mundo. Adjudicándose asimismo una mano dura que no tiene ni sabe cómo actuar en el caso. Ante un pueblo que con mayor clamor reclama sus derechos y destituye al gobierno de su legitimidad legislativa, instándolo a renunciar.  

El terror es por lo tanto la única herramienta clara y efectiva que le va quedando al régimen de Piñera. Una herramienta que no ha dudado en dar pruebas de cómo querer usarla. Seguramente el gobernante en su desmoronamiento ha tratado de usarla mucho más temprano que se le ha permitido. Lo que si sabemos de esa herramienta del terror que muchas personas estarán expuestas a desapariciones, tortura y muerte.  

El régimen del terror actuará bajo el modus operandi con que la historia de Chile lamentablemente está escrita, osea la sangre del pueblo. El problema que se le presenta a las Fuerzas Armadas chilenas es la gran cantidad de información que el mundo ya sabe y da su veredicto de repudio ante el militarismo.  

Piñera ya anunció su primer paquete de terror ajustando aún más el modo de operar de Carabineros de Chile, atreves de poner en las manos de la institución la posibilidad de reprimir sin límites. Apuntando a un perfil de protestante que en las marchas es una minoría. La gran mayoría de los que protestan son personas de cualquier clase social que no lleva piedras en las manos ni tampoco está interesada en acentuar un conflicto de confrontación. El gobierno no está interesado en dialogar con ese grupo pacífico sino su interés total es de pintar al movimiento demarcándolo fuera de la ley. Esto quiere decir que todos, sin excepciones, estarán expuestos a la aplicación del renovado mandato que los Carabineros de Chile recibieron de su mando máximo.  

La represión por lo tanto será mucho más cruda aún de lo que hasta hoy ha sido. Esto vendría a ser el resumen que Piñera asegura es la forma de restablecer la tranquilidad y la calma a un pueblo que con cacerola en mano le está dando la batalla a un estado represivo como lo es Chile en estos momentos.  

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